Las emociones siempre quedan

Espantosa tarde a la espera de los resultados de unas pruebas médicas. Aunque tengamos dudas de la posibilidad de una enfermedad, nunca queremos creernos ese diagnóstico, te niegas a él. Un escalofrío invade mi cuerpo desde la nuca hasta las puntas de mis pies, siento resbalar en mi espalda un sudor frío. Me invade el pánico, el horror, la impotencia, la desesperación. Miro la cara pálida y aterrada de mi padre y me invaden miles de pensamientos y emociones, todos ellos terribles acompañados de un profundo amor y sentimiento de protección infinita.

Se detiene el tiempo, no soy capaz de reaccionar, no sé qué puedo hacer. En mi cabeza ese martilleo constante con esa pregunta cruel sin respuesta…por qué…por qué…por qué a nosotros…

Una enfermedad daña el órgano del enfermo, pero golpea duramente el alma y el corazón de sus familiares.

Todos a lo largo de nuestra vida tenemos diferentes roles. Yo ante todo soy hija, y psicóloga de Cognitiva Unidad de Memoria, un centro de estimulación cognitiva para personas con deterioro cognitivo, demencias, daños cerebrales…

Cuando algunos familiares acuden al centro y nos cuentan sus problemas piensan..” vosotros que sabréis .. estáis viendo el problema desde fuera, no sabéis lo que supone vivir con una persona enferma durante 24 horas…”

Sé lo que es ser cuidadora principal de una persona enferma, sé lo que es vivir todos los días con el miedo a que sea el último, sé lo que es tener esa maldita impotencia, a no querer dormir por miedo a que ocurra algo durante mi descanso, sé lo que es tener miedo a una nueva mala noticia, miedo a lo imprevisible de la enfermedad, tengo miedo de ver sufrir a mi ser amado. Sé lo que es llevar a cuestas, tal vez como tú, una pesada mochila en cuyo interior reside un universo de sensaciones, buenas y no tanto, pero todas ellas válidas.

Mientras que en la sala de espera del hospital veía a esas personas enfermas, sólo podía sentir por ellas admiración y orgullo. A pesar de sus dolores, a pesar de sus condiciones físicas, ahí estaban luchando, haciendo frente a esa maldita enfermedad, luchando contra ella sin tirar la toalla, sacando fuerzas de donde no las tienen. Para mí son guerreros de la vida.

Sin embargo, toda esta maldita enfermedad me ha enseñado a valorar aspectos que nos pasan desapercibidos, aprendí a ser humilde, a ser paciente, a vivir el día a día con esa persona amada sin pensar en el mañana.

Desde el punto de vista profesional esta experiencia me ha ayudado a entender que tanto cuidador profesional como principal tienen un factor común en sus cuidados, el más importante, el más vital: la fuerza del amor y el respeto. Esa es la clave de cualquier cuidado con calidad. No sólo soy cuidadora de mis usuarios sino también de sus familiares.

Cuando un familiar se sienta conmigo para explicarme lo que ocurre, me sobran las palabras, sus ojos reflejan el universo de emociones que todo cuidador que ha pasado y está pasando por ello experimenta.

A pesar de que en ocasiones nos enfrentamos a situaciones muy duras, ya que te zarandean el alma, me siento muy privilegiada por dedicarme a este trabajo, por hacer lo posible para que ese conocido “ladrón de recuerdos” no logre rápidamente su objetivo.

Yo me quedo con el abrazo de un familiar agradeciéndote tu compañía y apoyo en este duro viaje como uno más de su familia, o con los ojos de un abuelo que a pesar de no poder expresar nada verbalmente, siendo completamente dependiente, fija sus ojos en los míos cada vez que me ve entrar por la puerta, porque en el fondo de su ser aunque no sabe quién soy, siente que formo parte de su vida. Me quedo cuando me persigue porque soy su referente, cuando me acerco a él y me abraza, acunándome en sus arrugados brazos…sobran las palabras…porque al final siempre quedan las emociones…

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